Las Crónicas de Linda Hardcore.


Gracias a la misma real excusa de ahorro maestro para lograr mudarme de este departamento “siniestro“ en el que me pasaron los sucesos casi más extraordinarios de mi existencia, no me fui a ningún lado a pasar las vacaciones. Pero es claro que la primer semana definitivamente no estuve aquí. Fue divertido encontrarme repitiendo las mismas proezas de hace 6 años atrás. Como si una de las palancas que ajustan el engranaje de la máquina universal del tiempo se hubiese trancado en el séptimo eslabón (un año antes de caer acá), clavó marcha atrás, volvió, pisó y recorrió de nuevo toda una secuencia maravillosa que derivaría en algo terrible y hermoso: la muerte y la resurrección. Me pasé una semana en el cielo, con esa sensación de vigor explosivo que sienten todas las personas cuando se sienten amadas, bien cogidas, reconocidas y celebradas. Efímero como todo, la siguiente semana sentí un pechón agresivo, una candente apoyada del demonio entre las nalgas, un razguñón en las patas que logró asirme sobre el umbral del coraje para poder enfrentar la cruel realidad de la que me había olvidado la semana anterior, a todo esto para colmo, me quedé sin y ya tenía masomenos 3/4 de pie en tierra. Sin hacer gala del Dios Aparte que las fuerzas superiores me han otorgado, zafé, y de cómo, cuestión de espíritu, logré enfrentar la pantera feroz que custodia las más emocionantes sensaciones de desvarío, locura, agitamiento y pasión. En verdad, Dios Aparte estuvo ahí para protegerme de la delincuencia juvenil, de la mafia interbarrial, de los locos malos, de los mañaneros violentos y de enamorarme ciegamente de la persona incorrecta.
La pantera y la sombra de su sombra, respirando su respiración, intoxicado de sí mismo, con vos en tu cama. DIOS EXISTE.

Y volví. Las vacaciones se acabaron, sin dolor ni pena, tapé la foza con ropa sucia a lavar y borré con un profundo silencio mental la voz de la culpa.

“Crónicas“, Linda Hardcore

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